La
figura del cartero ha sido un elemento fundamental en la vida de nuestros
pueblos, especialmente en aquellos tiempos no tan lejanos en los que las
comunicaciones terrestres eran difíciles –cuando no inexistentes- e impensables los avances en la tecnología de las telecomunicaciones que hoy en día tanto disfrutamos.
La
llegada del cartero era recibida por todos, unas veces con ilusión, otras con
temor. De su cartera lo mismo salían buenas nuevas del hijo que estaba lejos
que el anuncio de la pérdida de un ser querido, lo mismo besos y promesas del
ser amado que citaciones para cumplir con algún enojoso deber, lo mismo el
diario editado en la capital de la provincia que la carta del banco
recordándonos lo sacrificado que era ahorrar unas pesetas.
Seguramente
que los carteros, de poder hacerlo, elegirían ser portadores solamente de buenas
noticias. Bueno, no sé si todos… pero lo
que sí es seguro es que al protagonista de nuestra historia de hoy le habría
gustado que así fuera.
Joaquín
Lanau Cosculluela, nacido en Palo en 1878, comenzó a trabajar como cartero el
seis de octubre de 1910. Desde entonces, y hasta la fecha de su jubilación en
1954, recorría cada día, a pie, una buena parte del valle de La Fueva
repartiendo el correo entre sus vecinos.
Su
jornada comenzaba a las seis de la mañana. De la puerta de Casa Lucas, en Palo,
se dirigía a Mediano, donde recogía el
correo en Casa Senz. De allí, vuelta a Palo para dejar la correspondencia en
Casa Sastre y comer a temprana hora -sobre las 11,30 de la mañana-.
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Joaquín salía cada mañana de Casa Lucas. Foto: Chema Vías |
Tras la comida se iba a Morillo de Monclús, en concreto a Casa Román, donde dejaba la
correspondencia destinada a los residentes en Buetas, Rañín, Formigales y el propio Morillo.
Después de Morillo, su siguiente destino era Casa Cambra, en Tierrantona. Y de allí, al
caserío de El Plano para entregar el correo que luego se repartiría entre las
distintas aldeas de Muro de Roda.
Tras abandonar
El Plano, vuelta a Palo. Antes de llegar a casa, en las temporadas en las que
el día alargaba, aún le quedaban fuerzas para sumarse a las labores
agrícolas que sus familiares estuvieran realizando en las fincas próximas al
camino.
Se
calcula que Joaquín recorría a pie más de 40 kilómetros diarios, y a un ritmo tan
elevado que hacía que seguirle el paso fuera misión imposible. Debido al mal estado de los caminos y la inexistencia de puentes, cuando se topaba con los ríos Usía y
Formigales y éstos bajaban crecidos, se tenía que descalzar para atravesarlos;
no importaban ni el frío ni los hielos.
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Joaquín Lanau en 1960. Foto cedida por Jorge Cella |
Y así,
día tras día (salvo los domingos y el día de Navidad) durante 44 años, aunque
parece que en los últimos tiempos recibía la ayuda de su hijo y de sus nietos.
Tantos
años de servicio y esfuerzo no pasaron desapercibidos y poco tiempo después de
su jubilación, el diario Nueva España de Huesca, en su edición del día 24 de
febrero de 1955, le dedicó un artículo en el que se elogiaba su infatigable labor. En dicho artículo se hacía un cálculo de la distancia recorrida por Joaquín
Lanau a lo largo de su vida laboral: multiplicando los kilómetros andados en cada
día de servicio -46 según el diario- por los 16.060 días en los que se mantuvo
activo (44 años x 365 días al año), resultaba un total de 738.760 km. Lo que
venía a significar que, dado que el perímetro de La Tierra es de 40.075 km,
nuestro protagonista habría caminado el equivalente a más de 18 vueltas al
mundo.
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Titular del artículo que el diario Nueva España dedicó a Joaquín Lanau (24-02-1955). |
Sin
ánimo de restar méritos a la hazaña, creo que al redactor del diario se le fue
un poco la mano en sus cálculos. No serían 365 los días trabajados cada año,
sino 312, puesto que los carteros no trabajaban los domingos ni el día de
Navidad. Esto rebajaría a 15,75 el número de vueltas al mundo, una cifra nada
desdeñable y un récord al alcance de muy pocos.
Además
de su inestimable entrega al trabajo, a Joaquín le adornaban otras virtudes. Pese
a ser una persona de carácter serio, acentuado por la pérdida de un hijo
durante la Guerra Civil, estaba siempre dispuesto a hacer favores a sus
vecinos, quienes solían hacerle encargos aprovechando su continuo ir y venir por los pueblos del valle. De esa bondad podemos
dar cumplido testimonio en mi familia ya que, gracias a su intervención y a la
de Joaquín Arasanz -alias “Comandante
Villacampa”-, se pudo evitar el trágico destino que aguardaba a mi abuelo, Antonio
de Viu.
No me
gustaría terminar sin agradecer a la familia Lanau, de Casa Lucas, toda la
información que me han aportado, en especial a Argimiro, Mireia, Rosario y
Jorge. Sin su ayuda todo habría sido mucho más difícil.
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